En una ladera del Ilaló, dentro de una urbanización comprometida con el manejo responsable del agua, la vegetación nativa y la integración paisajística, se levanta la Casa de los Cuartos Rodantes. Diseñada para Andrea y Nicolás, una joven pareja con una visión clara y sensible sobre cómo habitar, esta vivienda se plantea como una alternativa consciente frente a los modelos tradicionales de construcción en zonas rurales de expansión urbana. Desde el inicio, la aspiración fue proyectar un hogar que no se imponga sobre el lugar, sino que se inserte con inteligencia, respeto y economía de medios.
Una arquitectura que nace del terreno
La estrategia principal del proyecto fue comprender a profundidad el terreno y sus condiciones: su topografía, sus vistas, su orientación y su vegetación. A partir de este análisis, se decidió no intervenir de forma agresiva, sino trabajar con la pendiente natural, quebrando ligeramente el volumen para adaptarse a las curvas de nivel. Esta decisión permitió que la implantación se realizará sin cortes ni rellenos, manteniendo la estructura original del suelo y reduciendo al mínimo la huella ecológica.
La cimentación y los primeros muros son de piedra del sitio, aportando masa térmica y continuidad material con el entorno. Sobre estos se levanta un muro de tapial calicostrado —una técnica ancestral de construcción con tierra compactada estabilizada— que, además de dar carácter tectónico al proyecto, funciona como elemento estructural, climático y programático.
Un único gesto estructural, muchas formas de habitar
La casa se resuelve bajo una gran cubierta inclinada a una sola agua, apoyada en el muro de tapial y en una estructura de madera laminada que remata en una viga transversal de gran transparencia. Esta cubierta genera un gesto claro de cobijo, permitiendo que debajo de ella ocurra una multiplicidad de configuraciones. El espacio no está dividido por muros ni particiones fijas: todo se organiza a partir de un único muro servidor y una serie de elementos móviles que permiten transformar el uso del espacio día a día.
Movilidad y flexibilidad como estructura espacial
Dentro de este volumen continuo, el proyecto incorpora dos grandes cajas rodantes de madera que contienen los espacios más privados: una, el dormitorio principal con closets y peinadora; la otra, un estudio que se convierte también en área de TV y que incorpora un sofá cama empotrado en el muro. Estas cajas pueden desplazarse, permitiendo que la casa se transforme constantemente: abrirse completamente para reuniones sociales, cerrarse para generar privacidad, o reorganizarse según la luz, el clima o el estado de ánimo de los usuarios.
El estar se configura con módulos bajos de asiento, con respaldos móviles que pueden girarse o retirarse. El comedor, por su parte, cuenta con una mesa rodante y sillas livianas, lo que permite que se acomode en cualquier parte del espacio. El único mobiliario fijo es la isla de la cocina, que actúa como remate visual y funcional del espacio. Todos los servicios —baños, cocina, máquinas, almacenamiento— se incrustan entre los contrafuertes del muro de tapial, liberando el resto de la planta.
Relaciones visuales y recorrido del paisaje
El proyecto establece relaciones complejas con su entorno. Hacia el norte, se protege visualmente de la vía pública, pero permite una lectura permeable a través de la viga que soporta la cubierta, sugiriendo una transparencia controlada. Hacia el sur, en cambio, la casa se abre por completo al paisaje del valle, extendiendo el espacio interior hacia un generoso deck que recorre todo el frente de la vivienda. Este umbral entre el adentro y el afuera se convierte en el lugar privilegiado para la vida cotidiana, el descanso y la contemplación.
No hay una entrada principal definida: el acceso se da de forma fluida, a través del recorrido por el terreno. El visitante se encuentra dentro casi sin darse cuenta, diluyéndose la frontera entre arquitectura y paisaje.
Un sistema habitacional ampliado: el taller y el exterior
La vivienda se complementa con un taller de cerámica que, por decisión programática, se separa del volumen principal. Esta desconexión busca marcar un gesto simbólico y funcional: diferenciar la vida doméstica de la actividad creativa. El taller se implanta aprovechando un desnivel del terreno, sin necesidad de excavación, y se conecta al resto del conjunto a través de un sistema de caminerías de piedra que articulan todos los espacios exteriores: parqueadero, gradas, bodegas y huerto.
El tratamiento del paisaje fue concebido como una extensión del ecosistema natural: se utilizaron especies endémicas de bajo mantenimiento, se redujo al mínimo el césped y se diseñó un huerto como parte integral del sistema de vida. El agua, elemento central de la propuesta urbanística, es gestionada a través de infiltración de aguas lluvias, separación de aguas grises y negras, tratamiento biológico con vermifiltro, y un sistema híbrido de energía solar para calentamiento de agua y apoyo fotovoltaico.
Conclusión: una casa como herramienta de vida
Más que una casa, este proyecto es un ensayo sobre cómo vivir de forma más libre, consciente y adaptable. En lugar de responder con rigidez a un programa funcional cerrado, la Casa de los Cuartos Rodantes propone una arquitectura viva, en constante transformación, que permite a sus habitantes reinventar su manera de vivir cada día. Es una casa donde los muebles se mueven, los límites se desdibujan y el paisaje entra como parte esencial del habitar.
En un mundo que cambia aceleradamente, esta vivienda demuestra que es posible construir con lo justo, en sintonía con el entorno, y con una estructura espacial que se adapta al tiempo, al clima, y sobre todo, a las personas.



































